La dificultad de conceptualizar y medir la democracia

La democracia ha logrado posicionarse como el sistema político de referencia en el mundo contemporáneo. De hecho, no pocos sistemas políticos autoritarios aspiran ser vistos como democráticos, aun cuando en sus prácticas políticas y diseños institucionales no lo son. Giovanni Sartori ofrece una definición amplia, en sus propias palabras, la democracia es un “… sistema político basado sobre el poder popular, en el sentido que la titularidad pertenece al demos, mientras que el ejercicio del poder es confiado a los representantes periódicamente electos”[ii]. En un sentido similar, Robert Dahl señala que la democracia puede ser entendida como un gobierno que “… se caracteriza fundamentalmente por su capacidad de responder a las preferencias de sus ciudadanos, sin establecer diferencias políticas entre ellos”[iii].

Uno de los desafíos de la ciencia política es conceptualizar y medir la democracia. David Held[iv] identificó tres modelos de democracia clásicos (Democracia Clásica, Liberal y Directa) de los cuales se desprendían las variantes contemporáneas. Por su parte, el sociólogo Charles Tilly[v] señala que existen cuatro tipos de definiciones de democracia: constitucional, sustantiva, procedimental y orientada a procesos. Más recientemente Michael Coppedge argumenta que “la democracia es un concepto disputado debido a que prácticamente todo el mundo valora la etiqueta, pero hay diferentes razonables y legítimos, aunque incompatibles, criterios para juzgar si la etiqueta es merecida”[vi]. De allí que Coppedge et al.[vii] hacen un esfuerzo por establecer una clasificación exhaustiva de los tipos de democracia que pueden encontrarse en la actualidad, a saber: electoral, liberal, mayoritaria, participativa, deliberativa e igualitaria. Según estos autores, cada uno de estos conceptos supone una manera diferente de entender el “gobierno del pueblo”[viii].

Según Coppedge et al[ix], la concepción electoral supone que la democracia se alcanza mediante elecciones competitivas; de manera que el voto es el centro de esta definición. La definición liberal de democracia se enfoca más en las instituciones que salvaguardan al individuo del poder político, es decir, que lo importante está en los derechos civiles y políticos, el Estado de derecho, los mecanismos de rendición de cuentas horizontales sobre los gobernantes y el derecho de las minorías; todos los cuales tienen como propósito limitar el poder. La democracia mayoritaria refiere a la idea de que la voluntad de la mayoría es la guía del proceso de decisiones públicas. Por otra parte, la democracia participativa, está vinculada a la idea del involucramiento de la ciudadanía en el proceso de decisiones públicas mediante asambleas, partidos con primarias, referéndums, consultas púbicas, entre otros   que suponen un compromiso por parte del ciudadano que va más allá del mero acto de elegir representantes. La democracia deliberativa, por su lado, enfatiza el proceso de discusión y debate público que ocurre alrededor del proceso de toma de decisiones políticas. Finalmente, la democracia igualitaria busca la participación y representación igualitaria de todos los sectores que hacen vida en una comunidad política, de manera que su objetivo es que todos los ciudadanos tengan equidad en el acceso a recursos para lograr que todos tengan el mismo nivel de empoderamiento. En este sentido, las diferencias políticas, económicas o sociales son fuente de inequidad en el proceso de toma de decisiones que traen, como resultado, mayor desigualdad entre los grupos sociales[x]. A estos seis tipos de democracia, también cabe incorporar la democracia consensual, cuya principal característica es la descentralización del poder en diferentes niveles de gobierno.

El proyecto V-DEM

Como se puede apreciar, cada una de estas definiciones responde a lógicas democráticas diferentes y, si bien pueden existir algunos elementos en tensión, también es cierto que pueden ser consideradas como complementarias. La clasificación realizada por Coppedge et al.[xi] tiene una finalidad teórica y empírica, y es que la ciencia política solo puede ser considerada tal en tanto en cuanto los conceptos que se crean pueden ser medidos en la realidad. Es por ello que el equipo que dirigen Michael Coppedge del Kellogg Institute de la Universidad de Notre Dame, Staffan I. Lindberg, de la Universidad de Gotemburgo, Carl Henrik Knutsen de la Universidad de Oslo,  John Gerring de la Universidad de Texas, Svend-Erik Skaaning, Universidad de Aarhus y Jan Teorell de la Universidad de Lund, ha desarrollado el proyecto Variedad de las Democracias (V-DEM).

El proyecto V-DEM tiene como propósito medir los tipos de democracia de manera empírica, para así comprender mejor el funcionamiento de los sistemas políticos alrededor del mundo. Para tal fin, el proyecto V-DEM utiliza una combinación de indicadores objetivos (demográficos, sociales, económicos y políticos), así como encuestas a miles de expertos en todo el mundo. Los resultados son públicos y pueden ser consultados en su página web (www.v-dem.net).

Democracia Electoral en América Latina

América Latina[1] cumple 40 años desde el inicio de su proceso de democratización. En ese período el número de países con democracias electorales pasaron de ser únicamente tres de veinte en 1978 (Costa Rica, Venezuela y Colombia) a ser 17 de 20 en 1998 (siendo las excepciones Cuba, Haití y Perú). En esos 20 años, él único país que no tuvo algún avance significativo fue Cuba, cuyo régimen autoritario no ha permitido elecciones libres, justas y competitivas desde que llegase al poder de manera violenta Fidel Castro. Para 2017, a pesar de que se han celebrado elecciones de manera sistemática en la región, algunos de los países han retrocedido en términos de la calidad de la su democracia electoral y, en algunos casos, se podría afirmar  las mismas ya no son libres, ni justas y ni competitivas.

Según Dahl la democracia, o poliarquía como prefiere llamarla, se distingue por la existencia de dos características que son consustanciales a este tipo de sistema político: “la ciudadanía es extendida a una proporción comparativamente alta de adultos y entre los derechos de la ciudadanía se incluye el de oponerse a los altos funcionarios del gobierno y hacerlos abandonar sus cargos mediante el voto”[xii]. Así, participación y debate público se erigen como aspectos fundamentales mediante los cuales podemos evaluar los sistemas democráticos. Esta definición es la que Tilly[xiii] denomina como orientada a procesos, pues requiere del cumplimiento de un conjunto de requisitos procesales que permiten hacer un lista de chequeo para clasificar si un sistema puede considerarse democrático o no.

En este orden de ideas, Coppedge et al. han diseñado y medido un conjunto de indicadores que permiten aproximarnos de manera empírica comparada a esta idea de democracia electoral. Así, los indicadores ofrecidos por V-DEM nos dan la oportunidad de medir los diferentes procesos que permiten considerar que existe capacidad de oponerse al gobierno mediante la existencia de un debate público libre y la posibilidad de competir y alcanzar  cargos públicos mediante la participación en elecciones justas.

El Índice de Democracia Electoral creado por el equipo del proyecto Variedad de las Democracias está compuesto de cinco indicadores que dan cuenta de: Libertad de Asociación, Elecciones Limpias, Libertad de Expresión, Gobernantes Electos, y Sufragio. En el Gráfico 1 se muestra el resultado del Índice de Democracia Electoral para los 20 países de América Latina, desde 1978 hasta 2017. El índice oscila entre 0 y 1, siendo 0 el más bajo nivel de democracia electoral y 1 el más alto.

Gráfico 1. Índice de Democracia Electoral de América Latina entre 1978 y 2017

Fuente: Elaboración propia a partir de Coppedge, Michael, et al. 2018[xiv].

Los datos son elocuentes, países como Argentina, Brasil, Ecuador, Nicaragua, Panamá Perú y Uruguay experimentaron transiciones a la democracia electoral relativamente rápidas. Salvo Perú con el gobierno de Fujimori y Nicaragua con el regreso de Daniel Ortega, ninguno de estos países ha experimentado un retroceso importante en términos de su democracia electoral.

Por su parte, Bolivia, Brasil, República Dominicana, Guatemala, Haití Honduras, México, Paraguay y El Salvador muestran trayectorias más graduales. Sin embargo, en algunos de estos casos la democracia electoral está lejos de consolidarse. Con la llegada de Evo Morales la democracia electoral ha perdido fuerza en Bolivia. En República Dominicana y Haití la mejora no ha sido lo suficientemente sólida. En Honduras; la violencia y la corrupción han supuesto una traba para que la democracia electoral muestre todo su potencial, mientras que El Salvador y Guatemala muestran signos de consolidación a pesar de sus propios desafíos.

Colombia y Costa Rica son los que muestran mayor estabilidad en términos de democracia electoral. Sin embargo, la diferencia de la calidad de la democracia electoral en el país centroamericano es muy superior al sudamericano, el cual muestra una mejora desde la aprobación de la constitución de 1990. El caso opuesto de estabilidad es Cuba, país que ha permanecido bajo un sistema que no contempla elecciones competitivas desde la llegada del Partido Comunista al poder.

Venezuela es el caso paradigmático de retroceso en lo referente a la democracia electoral. Mientras que a finales de los setenta la mayoría de los países de la región luchaban por recuperar o instaurar un régimen político en que la libertad de expresión y el derecho al sufragio fuesen el centro del proceso político, Venezuela y Costa Rica disfrutaban de una democracia electoral consolidada. Sin embargo, la incapacidad del sistema político venezolano de adaptarse y satisfacer las demandas de una sociedad cada vez más compleja resultó en la elección de Chávez, quien desde el primer año de gobierno empezó a erosionar las bases de esa democracia que le permitió llegar al poder. Veinte años después de la llegada de Chávez al poder, Venezuela muestra la peor caída, junto a Nicaragua, del Índice de Democracia Electoral.

 

Gráfico 2. Índice de Democracia Electoral de América Latina, 2017

Fuente: Elaboración propia apartir de Coppedge, Michael, et al. 2018[xv].

La conclusión anterior se refuerza si observamos en detalle los datos actuales. El Gráfico 2 muestra el valor del Índice de Democracia Electoral para los 20 países de América Latina en 2017. Cuba, Venezuela y Nicaragua eran, para 2017, los países menos democráticos de la región. En un nivel cercano a la media teórica, Honduras, Haití y República Dominicana son los países que tienen una democracia electoral deficiente. Por el contrario, Costa Rica, Uruguay y Chile, son los tres países que tienen mejor desempeño en términos de su democracia electoral.

Reflexiones sobre la Democracia Electoral en América Latina

La existencia de elecciones libres, justas y realmente competitivas es un requisito necesario, pero no suficiente, para que un país sea considerado democrático. Luego de la llegada de la tercera ola de democratización a la región[xvi], los datos del proyecto Variedad de Democracias nos muestran un panorama alentador para la América Latina. La consolidación de la democracia electoral supone el traspaso de gobierno sin sobresaltos, la alternabilidad partidista en el seno del ejecutivo y la posibilidad de hacer oposición sin sufrir consecuencias. La mayoría de los países de la región han logrado alcanzar y mantener niveles aceptables de democracia electoral e, independientemente de la orientación ideológica de los gobernantes, la democracia pareciera ser “el único juego en la ciudad”. Dos son las excepciones, Nicaragua y Venezuela transitan caminos menos promisorios, la democracia en esos países está bajo estado de sitio o, de facto, suprimida. Partidos o individuos buscando eternizarse en el poder han llevado a esas sociedades a la violencia política, la represión indiscriminada y brutal, la persecución de los grupos de oposición y la censura (o autocensura) de los medios de comunicación. Estos nuevos autoritarismos son más sofisticados que los de viejo cuño, no se suprime constitucionalmente los derechos a participar o expresarse libremente, pero en la realidad existe una incertidumbre generalizada sobre las posibles consecuencias de participar políticamente o en el debate público.

Así las cosas, conceptualizar y medir la democracia implica un desafío muy importante para académicos y tomadores de decisiones.  Así mismo, hay que tomar en consideración que la dimensión electoral no es la única dimensión de la democracia. Es por ello que en las próximas entregas iremos analizando el resto de los tipos de democracia en la región, para analizar si esa mejora electoral se traduce en una mejora de elementos más sustantivos de la democracia.

 

[1] En este artículo América Latina es la región geopolítica que abarca los siguientes países: Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Cuba, República Dominicana, Ecuador, Guatemala, Honduras, Haití, México, Nicaragua, Panamá, Perú, Paraguay, El Salvador, Uruguay y Venezuela. Clasificación basada en Jan Teorell et al., «Measuring Polyarchy Across the Globe, 1900–2017», Studies in Comparative International Development, 9 de julio de 2018, https://doi.org/10.1007/s12116-018-9268-z.

[ii] Giovanni Sartori, Elementos de teoría política, trad. María Luz Morán (Madrid: Alianza, 2008), 46.

[iii] Robert Dahl, La poliarquia. Participación y Oposición (Tecnos Editorial S A, 2009).

[iv] David Held, Modelos de democracia (Alianza Editorial Sa, 2008).

[v] Charles Tilly, Democracy (Cambridge: Cambridge University Press, 2007).

[vi] Michael Coppedge, Democratization and Research Methods (Cambridge: Cambridge University Press, 2012), 11.

[vii] Michael Coppedge et al., «Conceptualizing and Measuring Democracy: A New Approach», Perspectives on Politics 9, n.o 02 (junio de 2011): 247-67, https://doi.org/10.1017/S1537592711000880.

[viii] Coppedge et al., 253.

[ix] Coppedge et al., «Conceptualizing and Measuring Democracy».

[x] Coppedge et al.; Coppedge, Democratization and Research Methods.

[xi] Coppedge et al., «Conceptualizing and Measuring Democracy».

[xii] Robert Dahl, La democracia y sus críticos, Paidós estado y sociedad 8 (Barcelona [etc]: Paidós, 1992), 267.

[xiii] Charles Tilly, Democracy (Cambridge: Cambridge University Press, 2007), 8-10.

[xiv] Coppedge, Michael, John Gerring, Carl Henrik Knutsen, Staffan I. Lindberg, Svend-Erik Skaaning,

Jan Teorell, David Altman, Michael Bernhard, M. Steven Fish, Agnes Cornell, Sirianne

Dahlum, Haakon Gjerløw, Adam Glynn, Allen Hicken, Joshua Krusell, Anna L¨uhrmann, Kyle

  1. Marquardt, Kelly McMann, Valeriya Mechkova, Juraj Medzihorsky, Moa Olin, Pamela Paxton,

Daniel Pemstein, Josefine Pernes, Johannes von R¨omer, Brigitte Seim, Rachel Sigman,

Jeffrey Staton, Natalia Stepanova, Aksel Sundstr¨om, Eitan Tzelgov, Yi-ting Wang, Tore Wig,

Steven Wilson, and Daniel Ziblatt. 2018. ”V-Dem [Country-Year/Country-Date] Dataset v8”

Varieties of Democracy (V-Dem) Project.

[xv] Coppedge, Michael, John Gerring, Carl Henrik Knutsen, Staffan I. Lindberg, Svend-Erik Skaaning,

Jan Teorell, David Altman, Michael Bernhard, M. Steven Fish, Agnes Cornell, Sirianne

Dahlum, Haakon Gjerløw, Adam Glynn, Allen Hicken, Joshua Krusell, Anna L¨uhrmann, Kyle

  1. Marquardt, Kelly McMann, Valeriya Mechkova, Juraj Medzihorsky, Moa Olin, Pamela Paxton,

Daniel Pemstein, Josefine Pernes, Johannes von R¨omer, Brigitte Seim, Rachel Sigman,

Jeffrey Staton, Natalia Stepanova, Aksel Sundstr¨om, Eitan Tzelgov, Yi-ting Wang, Tore Wig,

Steven Wilson, and Daniel Ziblatt. 2018. ”V-Dem [Country-Year/Country-Date] Dataset v8”

Varieties of Democracy (V-Dem) Project.

[xvi] Samuel P. Huntington, The Third Wave: Democratization in the Late 20th Century (University of Oklahoma Press, 1991).