De las tres modalidades trabajadas por Benjamín Arditi[i], he abordado dos de ellas. En la primera, se expone el populismo como un modo de representación dentro del marco del sistema democrático; en la segunda modalidad, se presenta como un síntoma de las fallas de la democracia, con un trastorno oculto a causa de perturbaciones internas pasadas que producen comportamientos fuera del comportamiento normalizado. Ahora bien, la última de las modalidades, el populismo se exhibe como el reverso de la democracia, ubicado fuera de los márgenes del sistema y que expone los “rasgos más desagradables”.

Es preciso recordar que en las dos primeras modalidades, Arditi advierte sobre la coexistencia entre la democracia y el populismo, incluso llegando a aseverar que uno existe en función de las premisas más básicas de la otra, referidas a la movilización y la participación del pueblo, siempre dentro de los márgenes del sistema y donde otras prácticas políticas actuales comparten algunos de sus modos. En este caso, al comprender el populismo como reverso, lo ubicamos en los espacios fuera de esos márgenes, se aleja de la relación de coexistencia presente en los casos anteriores y muestra la cara más perturbadora de esta lógica política. Utilizando la metáfora de la sombra, el populismo indica un peligro cercano, como advertencia de algún riesgo próximo que acecha y nos aleja de los parámetros democráticos, para llegar a sostenerse en dinámicas autoritarias o totalitarias.

“La brecha entre esas aspiraciones de un futuro mejor y la voluntad inmediata de los actores políticos, es el espacio donde se origina la práctica populista”

En referencia a los trabajos previos de Margaret Conovan, el autor resalta la descripción de las dos caras de la democracia, la redención y el pragmatismo, que a pesar de estar en constante conflicto, conviven de forma natural, necesarias una de la otra como contrapeso. La brecha entre esas aspiraciones de un futuro mejor y la voluntad inmediata de los actores políticos, es el espacio donde se origina la práctica populista, fundamentalmente como respuesta del exceso de pragmatismo y que rompe la cohabitación entre ambas caras. La característica redentora de la práctica política adquiere relevancia, presenta una propuesta con propiedades particularmente emocionales adscritas a las frustraciones de los ciudadanos, es decir, evade las discusiones sobre los procedimientos y mecanismos de ajuste y control propios del arreglo institucional y dirige su fundamentación a las soluciones simples sobre las aspiraciones de la gente, sin trabas ni retrasos causados deliberadamente por la elite dominante.

Algunos de los elementos del populismo que se destacan como riesgosos, surgen de la “exacerbación de los conflictos que no pueden resolverse simbólicamente en la esfera de la política y cuando una sensación de fragmentación social domina la sociedad”. La dinámica de competencia democrática pasa a ser un conflicto aparentemente existencial e irresoluble, donde la división entre el ellos y nosotros, pasa a ser pieza cardinal de la narrativa en todos los ámbitos de la vida ciudadana. El personalismo mesiánico que descansa sobre la figura de los líderes, puede llegar a eliminar los mecanismos de rendición de cuentas y el equilibrio de poderes, transformando el Estado en un elemento de posesión patrimonial, manteniendo una fachada democrática sustentada en el desarrollo de la ilusión de la unidad absoluta de este y el pueblo.

Asimismo la edificación y recreación persistente de la frontera entre la “buena gente común” y la “elites corruptas”, entre el pueblo y el establishment, puede derivar en prácticas de represión totalitarias frente a la desavenencia, imbuidas de aquella representación simbólica y emocional de la soberanía popular en la figura del líder sin restricciones institucionales. Esta frontera a su vez permite constituir una relación vertical entre el gobierno populista y la ciudadanía, en una apelación exasperada de protección de la “justicia social”, pudiendo derivar en mecanismos clientelares de control social. La política distributiva del gobierno pasa a conformar herramientas de dominación, transformando los procesos de toma de decisiones y la relación entre los líderes y los organismos gubernamentales, en un aparato para la subsanación de carencias sociales a partir del vínculo de subordinación de los ciudadanos.

La llamada “tentación de una identidad sustancial”, también se evidencia en el modo de representación populista. No olvidemos que en este caso se presenta al líder como encarnación de la voluntad del pueblo, suprime el “actuar por otros”, desecha la diferencia natural entre los representantes y los representados y asume dicha representación como una autorización sin limitaciones. Anteriormente se había presentado como un componente que advertía alguna de las fallas del sistema representativo, sin embargo, al estar presente en la práctica de gobierno, esa identidad sustancial construida sobre la personalidad del líder deja de ser una advertencia y pasa a ser una peligrosa realidad para el funcionamiento de la instituciones. Pervierte el orden institucional aupando la discrecionalidad en los procesos de toma de decisiones y redirige la interacción con los ciudadanos al vínculo emocional con el líder sobre la base de la promesa redentora y la narrativa dicotómica. La sombra populista muestra la política desde esos espacios externos y turbulentos, muestra el peligro que acecha desde muy cerca y nos arroja fuera de los parámetros democráticos

“Cuando se cruza la línea de convivencia dentro del sistema y deja de ser una agitación dentro de los límites, observamos el populismo, la sombra que acecha la democracia se hace presente”

La caracterización que he descrito a partir del nutritivo trabajo de Benjamín Arditi, ayuda a comprender el populismo como una lógica que puede agitar la retardante dinámica institucional de la democracia, una especie de agente movilizador hacia los cambios necesarios para una mayor efectividad en la superación de las problemáticas sociales y la relación con la ciudadanía. También nos ha mostrado el populismo como una expresión de las fallas del sistema, es la evidencia de los propios problemas internos aún no resueltos, un llamado de atención al funcionamiento de este, es el síntoma que nos advierte de una enfermedad. Ahora bien, cuando esa enfermedad toma la delantera, cuando se cruza la línea de convivencia dentro del sistema y deja de ser una agitación dentro de los límites, observamos la versión más oscura del populismo, la sombra que acecha la democracia se hace presente como el reverso de la misma, tomando la dirección de prácticas antidemocráticas.

La complejidad de la relación entre el populismo y la democracia, permite adentrarse en una diversidad de debates y controversias por más vigentes e importantes en la política actual. Su comprensión es importante para entender la dimensión de los cambios que necesita la democracia moderna, evitando los caminos que, con un aspecto democrático, nos conduzcan a espacios tenebrosos y alejados de esta. Arditi señala con certeza, apoyado en la propuesta de otros autores, que “cualquier investigación sobre el populismo es al mismo tiempo una investigación sobre la política democrática”. Esta afirmación impulsa los esfuerzos por entender el populismo, así podremos comprender el futuro de la democracia en su más amplia dimensión.

 

[i]   ARDITI, Benjamín, (2005).“El populismo como periferia interna de la política democrática”, en Panizza, F. (comp.), 2005, El populismo como espejo de la democracia, p. 97-132. Fondo de Cultura Económica. Buenos Aires.