Cuentos cómicos (1991), una antología que recoge textos de Salvador Garmendia escritos entre las décadas de 1960 a 1980, puede ser leída, como todos las obras literarias, en distintas claves.  Una de ellas es la de hacerlo como un documento histórico.   Bien porque sus autores así lo quisieron, o bien porque sin quererlo lo hicieran con cosas como la escogencia de los temas o las formas de tratarlos, los textos ficcionales suelen reflejar las angustias y los valores de una época.  No es recomendable, naturalmente,  que el historiador usurpe el ámbito de los críticos y otros investigadores de las letras; por el contrario, debe estar muy atento a sus observaciones para no caer en yerros o creer que descubrió el agua tibia, pero sí puede cotejarlas con el resto de los testimonios de su mismo tiempo para ir armando ese rompecabezas que llamamos comprensión histórica.  Por ejemplo, los  cuentos de Garmendia nos revelan algunas pistas del alma de la clase media venezolana que se formó entonces, del modo en el que vio y vivió su mundo,  de las razones por las que pudo apoyar Hugo Chávez  en 1998; inclusive, del modo en que pudo haber sido para ellas -para muchos de sus miembros, no todos, claro- algo liberador, psicológicamente liberador.  Consideramos que no es un dato irrelevante para comprender el destino de nuestra democracia.

“Garmendia imprime un dejo de malestar, una crítica más o menos irónica, más o menos velada, por lo que tiene de banal, de insustancial, de esa vida adocenada de los pequeños seres.”

Si algo atraviesa transversalmente todos los cuentos reunidos en el volumen es lo que podríamos definir como una incomodidad con el mundo moderno.  Quien ve las ciudades y los usos que Garmendia va describiendo, puede identificar muchas de las cosas por las que el día de hoy los nietos o bisnietos de aquellas mujeres y hombres, los jóvenes venezolanos de hoy, emigran: empleos en fábricas, ausencia de agobios por llegar a fin de mes (en ninguno, ¡ninguno!, lo económico es realmente un problema), apartamentos de clase media, la posibilidad de  pasar una tarde muelle, bebiendo  unas cervezas en un bar, ¡incluso tomar una copa de oporto cuando se está fastidiado en casa!.Pero en todo eso, que básicamente refleja bienestar, Garmendia imprime un dejo de malestar, una crítica más o menos irónica, más o menos velada, por lo que tiene de banal, de insustancial, de esa vida adocenada de los pequeños seres.  Inmediatamente al lado de esa insatisfacción, lo otro que atraviesa todos los cuestos es  hay una constante remisión a un pasado, el de la juventud del autor y sus personajes (Garmendia, al menos en estos cuentos, escribe sobre contemporáneos suyos),  en los tardíos cuarentas y los tempranos cincuentas.  Un pasado pueblerino, de casas con patios, radios en la sala y tías solteronas.  Son unos años que aparecen como aún más insustanciales, que ya están esencialmente superados,  que no son descritos con especial amor, pero con los que no puede romper, ya que una y otra vez vuelve a ellos a través del flashbacks que al menos quien escribe imagina en blanco y negro, frente a la actualidad de los 80s en color.   Comoquiera que los críticos aclamaron a Garmendia, entre otras cosas, por su capacidad para la observación de la sociedad, es razonable pensar que esto expresaba con bastante fidelidad una forma de vivir la modernización venezolana bastante extendida, que mucha gente se sentía muy reflejada en los textos o veía al menos reflejados a muchos de sus congéneres.

En otros artículos publicados en este portal hemos girado en torno al tema de la modernidad epidérmica, por usar la categoría que acuñó José Antonio Aguilar para cierto republicanismo hispanoamericano del siglo XIX, y su incidencia en la suerte de la democracia venezolana.  Lo veíamos con el hecho de que en los programas escolares de esos mismos 80s en los que escribía Garmendia, afirmábamos estar más cerca de Italia que de Chad, cuando lo que ha pasado en los siguientes treinta años nos demostró la naturaleza de esa cercanía: si bien seguimos estándolo en términos de infraestructura y algunos (no todos) indicadores económicos, en términos institucionales -en las normas que rigen la vida, en su forma y sentido de vivirla- hoy competimos en casi todos los peores puestos con Chad.  Una modernidad de epidermis que ocultaba otra cosa, como en los personajes de Garmendia, que viven con bienestar del país moderno pero que en su cabeza y su corazón permanentemente lo cotejan toda con la premodernidad perdida y hasta un poco idealizada (Ana Teresa Torres ha escrito sobre la idealización de la ruralidad).   Como con el malestar de la cultura freudiano, hay en ellos una especie de sentimiento de culpa por lo que tienen que reprimir, por ese mundo al que la cabeza le dice que deben dejar atrás, pero que una y otra vez vuelve a ellos como los flashbacks de los personajes de Garmendia.  Ellos son las gentes que no se preocupan especialmente por la quincena, viajan al extranjero, hacían postgrados en Harvard (o lo hacían sus hijos), compraban carros de último modelo, tomaban ríos de whisky, pero cuando menos lo esperaban, en el momento menos pensado, eran asaltados por un flashback de la premodernidad en la que se habían criado.

“Pero sí que es razonable la hipótesis que Carlos Rangel vio en el rápido empobrecimiento de La Habana  después de la Revolución, una especie de venganza del campo hacia la ciudad.”

Eso hace pensar en la naturaleza de toda la crítica a la cultura que se expandió con el petróleo, desde Alberto Adriani a Federico Brito Figueroa, pero sobre todo a los intelectuales de los sesentas, como Adriano González León, Caopolicán Ovalles, en buena medida el mismo José Ignacio Cabrujas; ¿sería su sistemática crítica desde la izquierda una  especie de racionalización? Obviamente, esto no significa que en efecto hubo mucho de insustancialidad e impostura, que las clases medias botarates y americanizadas no dejaban de coquetear con el patetismo, o que el modelo en sí no tuviera numerosos lunares, verdaderos lamparones a veces. Por algo se vino abajo.  Pero sí que es razonable la hipótesis que Carlos Rangel vio en el rápido empobrecimiento de La Habana  después de la Revolución, una especie de venganza del campo hacia la ciudad.  Esto, como mucho de lo de Rangel, suena a los liberales y los positivistas del siglo XIX, a Laureano Vallenilla-Lanz con su invasión del Llano, a Francisco Bulnes o, sobre todo, a Domingo Faustino Sarmiento.  Pero el hecho es que ellos estaban viendo algo ante sí que trataron de explicar con las herramientas teóricas -el utillaje mental para usar un término historiográfico- y que no debemos despachar tan fácil como se hizo en los años.  A lo mejor por eso La Habana desvencijada les agradó tanto y les sigue agradando; esa ciudad que ha llegado al refinamiento ideológico de glorificar unas ruinas que son una doble denuncia del fracaso revolucionario, porque lo mejor que tiene es de antes de la Revolución, y porque la Revolución no sólo no fue capaz de construir algo nuevo, sino que no supo mantener en pie lo heredado; pero que la Revolución vende con orgullo.

“Chávez exaltando todo eso que en el siglo y medio anterior se definía como barbarie, y cuyo abandono había sido una bandera de la modernización, pero que latía, insistentemente, en los personajes de Garmendia.”

Entonces llegó el gran desquite: la crisis del modelo económico y la quiebra de la democracia.  ¡Era el momento liberador de quitarse el corsé!. Así, con la misma rapidez con la que se lanzan unos zapatos apretados después de un día de trabajo tan pronto se entra a casa.  Ahí estaba Chávez: hablando del Silbón y Maisanta, haciendo pasar por gloriosas a las alpargatas y a las casas de bahareque, saltándose todos los protocolos y modales, cantando joropo y exaltando a Maisanta; Chávez exaltando todo eso que en el siglo y medio anterior se definía como barbarie, y cuyo abandono había sido una bandera de la modernización, pero que latía, insistentemente, en los personajes de Garmendia. Finalmente, era Chávez  diciendo que todo lo ocurrido desde 1958 habia sido un desastre, y que no hay que conservar nada eso.   Los personajes de Garmendia suspiraron aliviados, pudieron fundirse en su flashback en blanco y negro y ser ellos otra vez; sus nietos no añoran aquel pasado, huyen buscando la modernidad en algún lado,  pero a ellos no les importa que Caracas cada vez se parezca más a La Habana.  Tal vez incluso les gusta.

Los Cuentos cómicos de Garmendia tienen su gracia -en unos casos más que en otros-, y seguramente fueron de veras muy hilarantes para sus coetáneos capaces de descifrar a totalidad sus claves.  Pero lo que describen no tiene nada de gracioso, más bien  es terrible.  O por lo menos a sí lo es, en cuanto a hipótesis para alguna indagación mayor, que es lo que quisimos esbozar, y que en este caso fue, nada menos que la explicación de por qué Chávez fue para muchos – e incluso para muchos de aquellos que fueron los más beneficiados por la democracia- algo liberador.