Al referirnos a la concepción de democracia, inevitablemente nos hemos acostumbrado a pensar en elecciones. El sistema democrático contemporáneo nos obliga a considerar los procesos electorales como un fundamento irrevocable de su subsistencia, sin embargo algunos otros elementos de diversos ámbitos florecen al ahondar la discusión sobre el sostén de dicho sistema.

La particularidad de la democracia que nos hace pensar automáticamente en elecciones periódicas, competitivas y libres, apunta hacia como se concibe el proceso de toma de decisiones, conduce a pensar en el depositario de la capacidad y responsabilidad de decidir, el principio sobre el que descansa la idea del poder de muchos. De igual manera, otras ideas subyacentes se manifiestan en esta vinculación mecánica. La competitividad requiere la existencia de partidos políticos o iniciativas partidarias que sean justamente visibilizadas en la contienda electoral, que se reconozcan ampliamente los derechos civiles y políticos para la participación, el acceso a la información y la discusión sobre las diferentes ofertas. Asimismo, durante la puesta en marcha de un gobierno democrático, se deben atender las diferentes consideraciones sobre la aprobación y ejecución de las diversas políticas, su fiscalización y la continua deliberación sobre cada una de ellas, además con la flexibilidad suficiente para la cohabitación de propuestas programáticas en ocasiones diametralmente opuestas.

“…la supervisión sobre la competitividad, pluralidad, el correcto acceso a la información, ejecución y evaluación de los programas de gobiernos eficientes necesitan esencialmente de las instituciones.”

Ahora bien, lejos de la intención de definir la democracia o dilucidar sobre sus elementos constitutivos, dirijo mis esfuerzos hacia la vinculación mecánica mencionada al inicio entre democracia y elecciones. Si bien es cierto que los procesos electorales son un elemento trascendente para los sistemas democráticos contemporáneos, pareciera que incluso estos no pudieran conservarse (al menos con las características que lo requiere la propia democracia) de no ser por las instituciones responsables. Asimismo, la supervisión sobre la competitividad, pluralidad, el correcto acceso a la información, ejecución y evaluación de los programas de gobiernos eficientes, así como todos los mecanismos implícitos que demanda cualquier proceso de participación en el gobierno de los ciudadanos (o el autogobierno como lo definirían algunos autores), necesitan esencialmente de las instituciones.

Aquellos procedimientos, valores, costumbres y/o creencias de cualquier índole, que descansan sobre la idea de interacción de los individuos con fines comunes más allá de las voluntades particulares, son elementos medulares para el funcionamiento de un sistema de gobierno democrático. La confianza de esos individuos sobre las organizaciones que soportan estos arreglos comunes, es la sustancia propia de su existencia, en otras palabras, las instituciones solo pueden existir si son reconocidas por sus fiduciarios, los ciudadanos.

Si la democracia es comprendida, en términos muy generales, a partir del principio sobre el que se determina el proceso de toma de decisiones y la influencia de estas para la vida cotidiana, es preciso advertir que la ciudadanía, como institución, existe mientras haya pleno reconocimiento por parte de sus integrantes. Así sucede también con los procesos electorales, el gobierno, los partidos políticos, los organismos públicos y privados, las autoridades judiciales, las diferentes normativas, los medios de comunicación y todo lo concerniente a la vida en comunidad. Cualquier proceso, mecanismo o instrucción deja de tener algún tipo de relevancia cuando no goza del respeto y aceptación de los ciudadanos, al menos en el esquema de una democracia saludable.

” Sin la aprobación de los ciudadanos hacia las instituciones democráticas, difícilmente se podrá admitir la existencia del sistema, independientemente de la periodicidad electoral…”

En definitiva, tanto para la concurrencia a procesos electorales democráticos, como para la articulación de un gobierno de esta categoría, debe existir previamente el reconocimiento y la confianza en su funcionamiento, la aceptación de los arreglos que permiten que estos se lleven a cabo e incluso de los mecanismos para corregirlos. Sin la aprobación de los ciudadanos hacia las instituciones democráticas, difícilmente se podrá admitir la existencia del sistema, independientemente de la periodicidad electoral o de la eficiencia de la gestión gubernamental.

En este sentido, ¿no es más apropiado que prevalezca la vinculación automática entre democracia e instituciones?, ¿si no existen instituciones con el reconocimiento y confianza de los ciudadanos, existiría la democracia?. Sobre todas estas cuestiones sobresale la importancia de la fortaleza institucional para la salud de un sistema democrático. En contribución al debate sobre la crisis democrática, se enlaza el debilitamiento de la confianza institucional como una causa sustancial de la misma, abordándolo con mayor precisión desde la perspectiva de desafección política.

Luego de estas consideraciones y en función de retomar el debate trabajado en las entregas anteriores, las instituciones y la democracia parecieran se irrevocablemente dependientes, por lo que supondría que cualquier iniciativa que atente contra la institucionalidad, entendida bajo los criterios más básicos, atenta consecuentemente contra la propia democracia. El populismo, el cual supone la superación de la mediación institucional tradicional para la satisfacción de las frustraciones colectivas, bajo la representación simbólica del pueblo en la figura de líder frente a un enemigo común responsable, colisiona claramente con el ejercicio de fortalecimiento institucional que requiere un sistema democrático. Faltaría conocer aquellos mecanismos “no tradicionales” que pudieran surgir de las iniciativas populistas y que pudieran sostener la priorización del acuerdo común sobre las voluntades individuales.

Si bien el populismo no pareciera coincidir con los preceptos de un sistema democrático saludable, al menos en el aspecto institucional, también es cierto que se hace difícil entender el populismo fuera de un sistema democrático. ¿Esta lógica es foránea al funcionamiento del sistema o por el contrario es resultado de las fallas del mismo?, o para ser más preciso, ¿pudiera existir populismo sin democracia?. Estas interrogantes conlleva el debate sobre el populismo como un elemento externo que se adentra al sistema o por el contrario es un reflejo de las grieta de la propia democracia.