Prevalece, y sobran motivos para que ello sea así, una común percepción según la cual el siglo XIX venezolano se agotó en una inmensa fábrica de violencia, revoluciones y guerras, con escasos referentes más allá de lo que fueran la pólvora, la cosecha de muertes y la dislocación económica a la hora de darle sustento a la dinámica política que caracterizara a ese siglo y, especialmente, a la configuración de la república.

Para comenzar, sobresale a este respecto lo que significara el peso abrumador de la historiografía positivista que, en procura de darle la mayor fuerza argumentativa posible a las razones que condujeron a la consolidación del régimen de Juan Vicente Gómez, echó sobre el siglo XIX un manto de condena, calificándolo como una suerte de Edad Media a la venezolana y desaconsejando volver la mirada sobre ese periodo que no fuera a riesgo de toparnos con dos herencias indeseables: por un lado, el error que supuso “calcar” sobre aquella sociedad republicana en formación un régimen político inspirado en las sociedades liberales europeas; por el otro, el germen de la “anarquía” que sólo podía tener su explicación en la disgregación o falta de un poder centralista y –como correlato de lo anterior- en la existencia de un arreglo transaccional del poder como lo supuso la dinámica de los caudillos, susceptible sólo de generar esa fábrica de guerra y violencia interminable.

Visto así, pues, se explica que la violencia sobresalga ante el ojo poco entrenado como el único rasgo de nuestra trayectoria republicana del siglo XIX, como si el afán de traficar con ideas y representaciones que condujesen a la consolidación de la república liberal no hubiera hallado algún espacio dentro de ese mismo escenario. Sin embargo, al margen del pésimo cartel del cual goza ese siglo, habría que convenir en que, más allá de la guerra y de la geografía de la violencia, puede apreciarse un rico acervo de debates, polémicas y opiniones a partir de lo que documentalmente ha sobrevivido hasta ahora, sobre todo en el ámbito de la prensa, la folletería y las llamadas hojas sueltas. En este sentido, basta revisar lo que significaran importantes órganos de opinión como El Venezolano (o poco más adelante, hacia mediados de ese siglo, El Federalista) o, incluso diarios de menor monta como El Fanal o El Cometa, para reparar en la forma como estos canales sirvieron de asiento a  la expresión de un empeño por reformular la ideología liberal y sus prácticas más emblemáticas luego de la experiencia de la unión colombiana, vigente hasta 1830.

Al mismo tiempo, la relación bastante traumática que los venezolanos hemos sostenido con el Liberalismo (y, especialmente, con algunos de los valores más caros de su firmamento como suponen serlo los derechos del individuo, el derecho de propiedad, el equilibrio del poder, la alternabilidad, las libertades económicas o, incluso, la sana idea federalista), nos ha hecho caer en la trampa tendida por esa historiografía positivista (y  de sus parientes más afines: la historiografía heroica y militarista) que impide apreciar la riqueza de principios y postulados liberales que intentaron servirle de soporte a las más tempranas propuestas republicanas.

“Los propios fundadores del liberalismo venezolano incurrieron en contradicciones y conflictos capaces de no brindarle la solidez suficiente al edificio liberal, bien en sus prácticas políticas o en su vertiente económica.”

Otra limitante a la hora de apreciar el rico aporte del siglo XIX en materia de ideas quizá tenga que ver con el hecho de que, en el contexto de una sociedad que conocía tanto la condición de súbdito como ignoraba la de ciudadano, o que simplemente desconocía lo que significaba la singularidad del individuo o el estímulo a la ética del trabajo, los propios fundadores del liberalismo venezolano incurrieron en contradicciones y conflictos capaces de no brindarle la solidez suficiente al edificio liberal, bien fuera en lo que a sus prácticas políticas se refiere o a su vertiente económica.

Tal vez lo anterior pueda explicarse en tanto y en cuanto era difícil que, en medio de las tensiones que generara la liquidación del orden monárquico y la destrucción de sus principios normativos, existiese una propuesta consensuada capaz de reunir en un proyecto común a todos aquellos sectores que, concluida la contienda, abrigaban diferentes expectativas y se hallaban movilizados por intereses hasta cierto punto contrapuestos en procura de alcanzar la construcción de la modernidad republicana. Con todo, lo que a continuación se propone, a través de una serie de entregas, es el intento por ofrecer un inventario que permita seguirle la pista a algunas ideas claves del liberalismo según las formularon y entendieron algunos de sus exponentes fundamentales en Venezuela. Comencemos por el caso de Tomás Lander (1787-1845).

Lander o el horror al poder perpetuo

Lander estudió en la Universidad de Caracas y obtuvo el grado de bachiller. Si bien no culminó su formación universitaria, completó su educación por sus propios medios, es decir, de manera autodidacta. Comprometido desde sus inicios con el proyecto insurgente, salió del país en 1814. Durante varios años permaneció en las Antillas dedicado a la actividad comercial. Luego de una corta estadía en Venezuela, sale de nuevo rumbo a Europa durante el año de 1818 y regresa en 1820. Desde su regreso hasta su muerte, ocurrida en diciembre de 1845, se vincula activamente a la vida política de la nueva nación. Defensor irrestricto de la libertad de imprenta es figura protagónica durante los cruciales años de la convivencia colombiana y, luego, en el marco del difícil proceso de edificación de la Venezuela independiente.

Dedicado a la actividad agrícola, Lander será un promotor y divulgador constante del pensamiento liberal a través de periódicos y folletos publicados por él mismo a favor del principio alternativo, la libertad de opinión, la existencia de partidos políticos y en pro de la actividad agrícola. Junto a Antonio Leocadio Guzmán sería fundador de la Sociedad Liberal de Caracas, del periódico El Venezolano y, también, del Partido Liberal.

El Lander que aquí nos interesa poner de relieve es el que tiene que ver con su oposición a la idea de mantener en pie la República de Colombia y, sobre todo, quien habría de confrontar como pocos la propuesta formulada por Simón Bolívar en torno a las conveniencias del poder vitalicio, tal como fuera concebido por el Libertador en su discurso dirigido a la creación de la nueva República de Bolivia en 1826. El texto de Lander al cual hacemos referencia llevaría por título Reflexiones sobre el poder vitalicio que establece en su presidente la constitución de la república de Bolivia y saldría editado en forma de folleto por la imprenta de Valentín Espinal en 1826.

“Con Lander estaremos en presencia de un caraqueño que pretende pensar con cabeza propia… que comienza a ver a Bolívar como una muleta incómoda respecto a lo que se juzgaba como más conveniente para Venezuela.”

Más que un mensaje en respuesta directa a Bolívar, lo será en realidad al texto que, en defensa del proyecto boliviano, editara su contemporáneo y futuro colega en las lides del Partido Liberal, Antonio Leocadio Guzmán, bajo el nombre de Ojeada al Proyecto de Constitución de Bolivia. Con Lander estaremos en presencia de un caraqueño que pretende pensar con cabeza propia, que se dispone a hacer frente a esa idea de Presidencia Vitalicia y, al mismo tiempo,  de Vice-Presidencia hereditaria, y que comienza a ver a Bolívar como una muleta incómoda respecto a lo que se juzgaba como más conveniente para Venezuela a la hora de entrar en el pantanal de la pos-guerra.

Sin negar cuanto de moderno creía observar en algunos aspectos de la Constitución propuesta para Bolivia (por ejemplo, en materia de libertad de cultos, libertad de imprenta o juicios por jurado), Lander se centrará sobre todo, aunque no exclusivamente, en lo que para alguien que creía entender el Liberalismo implicaba la idea de un poder vitalicio, con facultades, además, de ser heredado. Y, sobre todo, en relación a los temores que el propio Lander apuntaba de este modo: “Lo que sobresalta nuestro celo es que sea adaptable a Colombia”. Es decir, que tal propuesta se convirtiera en una oferta exportable por saludable recomendación de Bolívar.

El que aquí habla en contra de tal propuesta comenzará por hacerlo en clave autobiográfica. Lander se definirá a sí mismo como un hombre del común, modesto cosechero y, por tanto, enemigo de un orden vertical, tal como lo demostrara el hecho de haberse incorporado al proyecto insurgente ya en su fase más radical (1813-1814). Por tanto, como parte de esta estrategia discursiva que lo impulsaría a denostar de la iniciativa bolivariana de 1826, lo primero que haría Lander sería expresar su desconfianza hacia lo que esa Presidencia Vitalicia podía significar como un escalafón de casi imposible acceso, sobre todo desde la común condición ciudadana a la cual él mismo se jactaba de pertenecer. De allí que en estas primeras líneas, mediante las cuales pretendía abrir fuegos contra cualquier fórmula de carácter vitalicio y, como se ha dicho, frente al vértice inaccesible de quienes tendrían en consecuencia la potestad de convertirse en presidentes por el hecho de verse habitando en las cercanías de la cumbre, Lander sustentara sus prevenciones en el caro principio liberal de la igualdad: “¡Tal es el poder magnético del espíritu regenerador del siglo, y de la palabra igualdad, que los mismos que ayer estaban condenados a un ignominioso y eterno desprecio, hoy se sobrecogen de todo lo que imaginan siquiera podrá algún día mancillar este derecho sagrado”.

En todo caso, el mensaje que ofrece este pasaje es claro: agradecía que la independencia, hecha posible gracias, en primer lugar, al esfuerzo de Bolívar, hubiese traído el inapreciable don de la igualdad ciudadana. Por ello mismo, el proceso recién concluido, que había dejado a Venezuela espiritual y materialmente desorientada, estimulaba expectativas que debían ser tramitadas a través de un formato frente al cual la Presidencia vitalicia lucía como la fórmula más contradictoria que podía arrojar el balance de lo alcanzado. En este sentido, el temor a una Monarquía sin corona, o al espectáculo de asistir al reinando de Simón I, es lo que pareciera ocultarse detrás de los severos cuestionamientos de Lander.

“Lander asumiría una observación de grueso calibre: a su entender, Bolívar se extraviaba en la comprensión de la realidad venezolana por obra de un prolongado distanciamiento de su entorno.”

Aunque, como se ha dicho, el polemista creyera apreciar algunos rasgos positivos en el texto constitucional boliviano, nada subsanaba –a su juicio- las aprensiones derivadas de la naturaleza del poder vitalicio. A partir de este punto, Lander asumiría una observación de grueso calibre: a su entender, Bolívar se extraviaba en la comprensión de la realidad venezolana por obra de un prolongado distanciamiento de su entorno. Por ello, desde la crítica discreta pero, al mismo tiempo, al hablar de las especificidades propias, señalará sin ambages que los inmensos sacrificios debían refluir en provecho de un gobierno erigido sobre la base de su carácter alternativo y responsable como el que los venezolanos habían pretendido adoptar desde la primera hora del conflicto:

Creemos que al hacer tal recomendación [Presidencia vitalicia e irresponsable] el ínclito patriota, el hijo de Caracas, parece que perdió de vista, entre la vasta extensión del territorio a que su espada y sus talentos han dado libertad, los caracteres distintivos de su querida patria, de la ilustrada Venezuela, pues los arroyos de sangre inmaculada con que esta región heroica, desde el 19 de abril de 1810, está escribiendo constante las calidades del gobierno que intentó establecer, electivo y responsable, no dejan duda sobre el voto de sus pueblos y el objeto de sus sacrificios.

Aún más, al redondear sus líneas formulando una calurosa defensa de lo que significó el sentido de pluralidad y alternabilidad al cual se ciñeron los venezolanos a la hora de alzarse contra España en nombre de la ruptura absoluta, Lander insistirá en su estrategia de confrontar de manera discreta a Bolívar; pero ésta vez lo hará frente a la forma como el Libertador solía rechazar la adopción de fórmulas de trasplante para superponerlas a lo intransferiblemente nacional. En tal sentido, se dará a observar que Bolívar jamás había admitido que instituciones concebidas para una sociedad determinada pudiesen ser trasladadas y adaptadas sin sobresalto a otra realidad. En cierta forma, se trataba de un cuestionamiento al hecho de que Bolívar perdiera de vista las especificidades de un contexto determinado, riesgo acerca del cual el propio Libertador había pontificado hasta el cansancio en algunos de sus escritos anteriores, y que muy probablemente fuesen del conocimiento de Lander. Afincándose pues en este punto, según el cual el particularismo boliviano era extraño a otras latitudes, el refutador del proyecto de Presidencia vitalicia dará por sentado que Venezuela no era Bolivia, aunque lo haría revistiendo sus palabras de ciertos cuidados dirigidos a excusar los extravíos del proponente. No en balde advertirá que esta propuesta no empañaba, a fin de cuentas, el talante “liberal” que había distinguido al Libertador:

Seríamos sospechosos de poca imparcialidad, si después de haber dado nuestra opinión sobre el Ejecutivo boliviano, no manifestáramos también que la Constitución ha sido dictada para la República de Bolivia, y que ignorando del todo los accidentes de aquella región, creemos que allí, como en todas partes a su vez, la necesidad, medida por la prudencia, haría sucumbir los principios al carácter, tiempo, localidad y circunstancias particulares del país para quien se hizo; pues no nos es lícito dudar un solo instante del liberalismo sin mancha del hombre que lo formó.

Aparte de los elogios -reales o fingidos- hacia Bolívar, otros elementos invitaban a ejercer la cautela. En este sentido, entre las cosas a las cuales Lander más les temía, y por lo cual debía moverse con tino, era a los prestigios ganados durante la guerra. Le temía, muy especialmente, a una sobrevaloración del mundo militar y las deudas que supuestamente –según sus voceros- continuaban pendientes en ese sentido. Sin pretender ser injusto frente a la gratitud que consideraba debía tributárseles a los señores de la guerra, temía que la andadura descrita hasta entonces por la República liberal, que hallaba centro y base en la Constitución de Cúcuta de 1821, se viera arrinconada por el partido militar bolivariano. Era justamente en este contexto, y frente a los hombres de armas, que Lander mostraba su mayor prevención hacia un poder de carácter vitalicio poco adecuado a las pautas del Liberalismo político. En otras palabras, según Lander, ese tipo de poder (que para Bolívar no equivalía al delito de usurpación) era capaz de negar lo que significaba, en esencia, ser República.

Volviendo a hacer de la discreción un hábil recurso expositivo (aunque, en este caso, apenas en forma de una nota a pie de página), Lander pondrá el dedo allí donde Bolívar se refirió en 1819 al peligro que entrañaba la permanencia de un mismo ciudadano al frente del poder, tal como lo había hecho en su Discurso ante el Congreso de Angostura. Será en este punto donde, en defensa de la alternabilidad republicana, dirá preferir un Presidente electivo con poder ilimitado a un Presidente vitalicio con facultades limitadas. ¿En qué sentido se esfuerza por llamar la atención sobre estas virtudes de la alternabilidad? Su lenguaje preciso apunta, en primer lugar, a subrayar que a los ciudadanos les quedaría siempre la esperanza de que la administración de un Magistrado electivo se agotara en un plazo determinado. Prestemos atención a una de sus frases: “[A]un cuando el magistrado electivo dé sospechas a los pueblos de que gira contra sus derechos (…) les queda la esperanza de que pronto ha de concluir el tiempo de su administración”. Líneas más adelante volverá sobre el punto, refiriéndose al “temor saludable” que suponía siempre el fin de cualquier gestión de carácter electivo: “Cada día que transcurre aumenta este temor saludable porque aproxima el término de la residencia”. En segundo lugar, a juicio del propio Lander, el Magistrado electivo debía, en virtud de la alternancia, convertirse él mismo, nuevamente, en sujeto gobernado; tercero, que ese mismo Magistrado, en función del principio de igualdad ante la Ley, se veía obligado a retornar a su condición ciudadana, no sin antes verse llamado a asumir la valiosa obligación de actuar como cuentadante por su calidad de magistrado responsable. Por último, aunque no menos importante dentro de las convicciones liberales de Lander, sólo la alternabilidad era capaz de asegurar las necesarias recompensas o los justos castigos que se derivaban del ejercicio del poder:

Los ciudadanos aguardan con ansia que bajen de las sillas de su autoridad, para sumergirlos en la ignominia, desprecio y anonadación, o para tributarles el sincero aprecio y lisonjearles con las bendiciones que les producirá la fidelidad en su ejercicio. Los observan para despojarlos del poder de que hayan querido abusar o para colmarlos de honra continuándolos en su desempeño en las inmediatas elecciones, si han cumplido sus deberes y protegido sus libertades.

Por otra parte, aunque admitiese el razonamiento hecho por su adversario Antonio Leocadio Guzmán en el sentido de que el poder vitalicio tenía a su favor la continuidad administrativa, así como la práctica y experiencia en el manejo del Estado, Lander no se llamaba a engaños con respecto a dos aspectos implícitos en esta clase de poder: por un lado, que la figura del Magistrado vitalicio propendía a terminar colocándose más allá de la vigilancia ciudadana; por el otro, que el Magistrado vitalicio, por su propia naturaleza, se veía inclinado, tarde o temprano, a juzgar los derechos ciudadanos como un estorbo capaz de interponerse en la marcha de su administración. Por último dirá –replicándole directamente a Guzmán- que el magistrado electivo tal vez tuviese como limitante su falta de experiencia pero nunca tendría a su favor la posibilidad de maquinar una usurpación.

Como si los disparos no bastaran, Lander se referiría de seguidas a otro aspecto conexo a la Presidencia vitalicia: la posibilidad de que, quien la detentase, estuviera constitucionalmente facultado para proponer y recomendar a su sucesor en el mando. El elegido en este caso –dirá Lander-, por más que se hallare competentemente adiestrado a su lado y, por tanto, versado como el que más en las complejas tareas de administrar el gobierno, jamás dejaría de verse identificado con las miras más personales del proponente. Y difícilmente –añadirá el polemista- por más que se afirmara que al Poder Legislativo correspondía ratificar a uno de los tres candidatos que, según la Constitución, tenía derecho el Presidente a postular como Vice-Presidente, ningún Congreso habría de negarse a complacer la voluntad de un mandatario vitalicio a la hora de recomendar a su eventual sucesor (“sin que le sea lícito al pobre Congreso negarse a confirmar la elección de uno de ellos”).     

Si cuesta poco advertir que, para Lander, la Presidencia vitalicia era la expresión de la anti-república, la idea de un poder heredado ofendía aún más su sensibilidad liberal. Acerca de la elevación del candidato por vía de tan privilegiada escogencia, comparado al sistema comicial múltiple previsto para la elección de intendentes y gobernadores de provincias, el polemista se preguntaba lo siguiente para rematar: “¿[P]odrá compensar la elección de estos funcionarios subalternos, que se deja al cuerpo electoral, la del vicepresidente que se arranca al pueblo, para someterla al Presidente?. En ninguno de ambos casos Lander hallaba justificación alguna al hecho de que existiesen provisiones electorales para un amplio rango de cargos, desde miembros del Congreso hasta intendentes, sin que ninguna de tales providencias rozase de cerca al astro sol (el Presidente Vitalicio) o a su mimado satélite (el sucesor hereditario).

Convendría puntualizar al cierre de esta entrega dedicada a Tomás Lander y a sus temores en torno a la propuesta bolivariana de Presidencia Vitalicia que lo que se propuso y discutió en esa Venezuela de finales de la década de 1820 en términos –por ejemplo- de alternabilidad republicana, no revelaba otra cosa que el empeño por retornar a las fuentes del republicanismo de 1811 que la guerra simplemente había devorado.

Logros que por diversas razones no había sido posible llevar a cabo durante la contienda, o que prometían saldarse al término de la misma, fue lo que en la Venezuela que ahora intentamos explorar condujo a una época lúcida de teorización en torno al poder civil, al debate sobre la libertad de cultos y al empeño por confrontar los fueros de una sola confesión –la Iglesia católica- que anteponía obstáculos al proyecto liberal, a la necesidad de estimular una ética de la prosperidad y del trabajo productivo, a la eliminación de privilegios estamentales e incluso –por qué no decirlo- al propósito de dar al traste con el pecado de la usura en función de una comprensión distinta del hecho económico. Un examen tan atrevido y un diagnóstico tan audaz como el que se propuso hacer esa sociedad confirma sin duda la pertinencia que supone revisar un periodo que, aún hoy, se ve avasallado por la idea de que se trató de un siglo estéril e inconducente para la construcción republicana en clave liberal.

Justamente nuestra próxima entrega versará sobre otra premisa clave del firmamento liberal del siglo XIX, la cual, a diferencia de las modernas tentaciones (y versiones) que se han edificado en torno al Poder Vitalicio, seguramente suene un tanto remota y distante a nuestra sensibilidad contemporánea, pero que sin duda detalla también parte de lo actuado y de las polémicas que se suscitaron durante los inicios del estado liberal venezolano. Nos referimos, en suma, al tema de la libertad de cultos y la tolerancia religiosa.