La denominada tercera ola de la democracia, iniciada en 1974 con la Revolución de los Claveles en Portugal, parecía completarse a principios de los años 90 con el derrumbe del mundo soviético y el tránsito a la democracia en Europa oriental y central, incluyendo la incorporación de una moderna Federación Rusa al mapa de las nacientes democracias. La pervivencia de excentricidades históricas como Corea del Norte o Cuba parecías ser fósiles de un mundo desaparecido.

Pensadores como Francis Fukuyama releían a Hegel para diagnosticar el fin de la historia, a la par que señalaban nuevamente el fin de las ideologías y los posmodernos ratificaban la superación de cualquier metateoría, el fin de cualquier utopía distinta a la liberal de fin de siglo, es decir, a la de una ensoñación liberal-conservadora.

La política identitaria, así como la clasista y la nacionalista, parecía ir al basurero de la historia, y el futuro se percibía promisorio para el individualismo de los demócrata-liberales. Finalmente, solo parecía ser cuestión de tiempo, el derrumbe de los últimos totalitarismos del siglo XX anunciaba que, de allí en adelante, no había otra alternativa que un mundo convertido en una aldea global, una sociedad abierta, de libre mercado, de individuos autónomos e independientes, con democracias liberales que articulaban los intereses de ciudadanos libres en un gran supermercado de gestiones y gestores.

Efectivamente, no parecía haber argumentación pública contra la democracia liberal y sus virtudes, y los rituales de la democracia se extendieron como nunca antes, emergieron parlamentos electos, viejos dictadores fueron sustituido por presidentes elegidos por el pueblo, nuevas constituciones liberales empezaron a aprobarse en sustitución de las formas autoritarias. No podemos hablar de primavera de los “pueblos” porque la palabra parecía demasiado colectivista para los nuevos tiempos, pero bien podría hablarse de la “Primavera de los ciudadanos”.

Solo era cuestión de tiempo.., pero el tiempo se decantó por otro lado… Una década después Fukuyama publicó un artículo enmendando su propia plana. La democracia prometida no alcanzó al clímax anunciado, y el “nuevo hombre” liberal-democrático tardaba demasiado en convertirse en la imagen ubicua.

“…regímenes autoritarios comunistas fueron sustituidos por regímenes capitalistas con formas “democráticas” y realidades autoritarias, mientras se mantenían grandes hilos de continuidad entre viejas y nuevas elites.”

En 1993 Boris Yeltsin disolvió a cañonazos la “Casa Blanca”, el parlamento ruso, usando una división de tanques para acallar a la oposición. Occidente miró para otro lado, así se hacían las cosas en la democracia rusa. En varios países de Europa central y oriental, así como prácticamente en la totalidad de los de Asia Central, regímenes autoritarios comunistas fueron sustituidos por regímenes capitalistas con formas “democráticas” y realidades autoritarias, mientras se mantenían grandes hilos de continuidad entre viejas y nuevas elites.

Eso también estaba pasando en Venezuela. Una democracia con problemas en 1998 se deslizó progresivamente hacia un régimen autoritario, pero revestido de formas y prácticas heredadas de la democracia. Los que nos oponíamos veíamos con claridad el carácter cada vez más autoritario del régimen venezolano, pero muchos observadores externos quedaban confundidos ante las características del artefacto político.

Estaba emergiendo un “nuevo” fenómeno, el ascenso de autoritarismos distintos. En principio hubo quienes acuñaron términos como los de transiciones truncadas o democracias delegativas. La coexistencia de rituales y prácticas democráticas con culturas autoritarias produjo un “ornitorrinco” de la política: los denominados regímenes híbridos.

Fue, personalmente, a partir del estudio de los regímenes híbridos que llegué a la lectura de la obra de Steven Levitsky. Particularmente interesante fueron sus trabajos escritos con Lucan Way sobre los autoritarismos competitivos. Le hice seguimiento con interés a sus artículos y libros para comprender no solo lo que sucedía en Venezuela, sino lo que se percibía claramente como una ola mundial.

Esta ola reflejaba la coexistencia de dos curvas de aprendizaje. Así como los demócratas perfeccionaban técnicas, procesos, métodos, índices para avanzar en el proceso de democratización de los regímenes políticos, los autócratas desarrollaban una curva de aprendizaje similar, perfeccionaban prácticas, técnicas, para mantenerse en el poder. No podemos olvidar que el autoritarismo es una cultura mucho más antigua y arraigada en la historia humana que la democracia, un artefacto frágil y de muy reciente extensión. La historia de las formas autoritarias se puede contar en miles de años, la de las formas democráticas, más allá de breves primaveras como la ateniense o destellos fulgurantes bajo episodios republicanos, a lo sumo puede sumar dos siglos.

Estos regímenes híbridos, entre los cuales se encuentran los autoritarismos competitivos, se articulan con un fenómeno distinto que se entremezcla dentro de la historia de la misma democracia: el populismo y su nueva emergencia a principios del siglo XXI.

“La construcción de identidades políticas, como fenómenos de acción colectiva, también son procesos históricamente inherentes a las luchas por la democratización de las sociedades y sus regímenes políticos”.

Pero el populismo es otro artefacto difuso. Las críticas contra la institucionalidad imperante y contra las elites dominantes han sido una constante en la lucha por la democracia, desde Solón hasta el siglo XXI. La construcción de identidades políticas, como fenómenos de acción colectiva, también son procesos históricamente inherentes a las luchas por la democratización de las sociedades y sus regímenes políticos. Y estos procesos de construcción de identidades políticas se nutren de “juegos de espejos”, de la construcción de un “nosotros” frente a un “ellos”, de procesos de confrontación que son inherentes a la misma política. La noción de “pueblo” no puede ser extraída de la historia y de la práctica de la “democracia” sin hacer variar su propia naturaleza. Porque la política democrática no se trata exclusivamente de “individuos” y “ciudadanos” sino también de actores colectivos.

Todo esto parecía lejano y ajeno a la política doméstica de Estados Unidos. Un debate académico de politólogos, filósofos de la política, o de la elite interesada en asuntos de política exterior de países del Tercer Mundo. Los Estados Unidos eran percibidos como el régimen político democrático más sólido del mundo, siendo evidentemente el de más antigua data, y el que ha sabido enfrentar sus obstáculos, sus demonios, sin destruir su democracia. A pesar de que, en repetidas ocasiones, sus gobiernos han desarrollado acciones de política exterior que no corresponden a los valores que proclaman, su presencia política en el mundo, como la democracia más longeva y próspera, ha sido uno de los principales motores para la propagación de los valores democráticos. Pero…, algo también parece haber cambiado…, en 2017 Donald Trump llegó a la Presidencia.

En medio de este contexto de crisis de la representatividad de las democracias occidentales, desde Europa hasta los Estados Unidos, y de expansión de modelos autoritarios, como los de China y Rusia, es que aparece este extraordinario trabajo de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt: How Democracies Die. Recién ha sido publicado en castellano por Ariel en septiembre de 2018 con el nombre de Cómo mueren las democracias.

Inmediatamente me dispuse a leerlo con interés. El libro tiene dos destinatarios, por un lado está dirigido a la elite política estadounidense, tanto demócrata como republicana, y en segundo lugar tiene un mensaje para el ciudadano políticamente comprometido con la preservación de las instituciones libres y democráticas.

“La democracia es frágil, y está amenazada también en Estados Unidos, este peligro es parte de un fenómeno mundial que afecta a las democracias en el mundo”.

Dividido en nueve capítulos, desde la introducción los autores centran la discusión. La democracia es frágil, y está amenazada también en Estados Unidos, este peligro es parte de un fenómeno mundial que afecta a las democracias en el mundo. Hacen uso los autores de ejemplos históricos diversos de crisis y derrumbe de las democracias, desde el Chile de Allende a la Venezuela de Chávez, para advertir sobre lo que está ocurriendo en el gigante del Norte.

¿Cómo detectar la amenaza autoritaria?

Varios aprendizajes extraen Levitsky y Ziblatt de la historia, expuestos en gran parte para consumo de los decisores políticos. Lo primero es cómo detectar el comportamiento autoritario de los líderes.

Para ello determinan cuatro señales de alerta. El rechazo o aceptación débil de las reglas democráticas, es decir, el desprecio a las leyes sería una primera señal de encontrarse ante una personalidad autoritaria.

Luego, la negación de la legitimidad de los adversarios políticos, una confrontación antagónica donde el otro no es un adversario con el que se debe convivir, sino un enemigo al que hay que vencer y aplastar, hasta eliminarlo del campo de juego. Es la política como lucha existencial, sin medias tintas ni negociaciones.

La tercera señal es la presencia de la violencia política, tolerada o promovida, como un instrumento para alcanzar o ejercer el poder. Y la cuarta señal es la predisposición a restringir las libertades civiles de los opositores, colocando especial énfasis en las restricciones a la libertad de expresión y de prensa.

¿Cómo evitar que llegue al poder?

Una vez detectado el líder autoritario la exigencia de los autores a las elites es no pactar con ellos, ni permitir su inserción en el sistema, no incorporarlos ni permitir que se acerquen a las estructuras de funcionamiento del poder, a las instituciones.

El actor central para mantener a los líderes autoritarios fuera del juego no es otro que el partido político, de hecho las direcciones nacionales fuertes de los partidos políticos. A diferencia de otros autores no reclaman más democracia para los partidos, sino justamente la preservación de un núcleo decisorio relativamente cerrado que claramente excluya las amenazas, que tiene como misión cribarlas opciones.

Las primarias abiertas son mostradas como una peligrosa oportunidad para la entronización de los liderazgos autoritarios. Critican las convenciones nacionales y los métodos democráticos de selección de candidatos. Al respecto Levitsky y Ziblatt recorren la historia interna del sistema partidario de Estados Unidos, haciendo especial énfasis en el Partido Republicano. El mecanismo de las primarias fue utilizado efectivamente por Donald Trump para escalar a a través del GOP para convertirse en candidato presidencial, sin que las elites republicanas tuvieran mecanismos eficientes para bloquearlo y evitarlo.

Una vez que el líder autoritario se encuentra dentro del sistema el peligro es la abdicación de las elites políticas, por la creencia de que la personalidad autoritaria es controlable o por la confusión ideológica que la propaganda es capaz de generar. No hubo una ruptura suficientemente importante de la elite republicana para apoyar a Clinton y evitar el ascenso de Trump. El lobo ya estaba en el corral con las ovejas.

El desmantelamiento

Si las elites políticas no logran detectar al líder autoritario, si no logran filtrar su presencia en el juego político, ni logran evitar su acceso al poder, se llega a la segunda etapa, enfrentar el desmantelamiento progresivo de la institucionalidad democrática.

Acá lo paulatino del proceso es lo que lo hace diferente de las experiencias autoritarias tradicionales del siglo XX. Los conocimientos históricos de Levitsky y Ziblatt son empleados con abundancia en esta parte de la obra. Siendo el primero un investigador de regímenes híbridos ha prestado especial atención a los pequeños pasos que destruyen la autonomía de los árbitros institucionales que permiten a la democracia funcionar, así como del uso que los autoritarios hacen de la polarización y la movilización política para fracturar resistencias.

Las estrategias para la eliminación de los árbitros mezclan represión con cooptación. La destrucción de la autonomía de los jueces, de todo el aparato judicial, y de las autoridades electorales, constituye pasos importantes para el avance autoritario.

“La persecución contra los adversarios, opositores, y contra todos aquellos que mantienen autonomía respecto al poder, no se ve limitada por tribunales ni leyes. Las voces influyentes son perseguidas y/o silenciadas. El cambio en las reglas de juego es el siguiente paso”.

Una vez que ha anulado la capacidad de arbitraje de las instituciones ya no hay límites. La persecución contra los adversarios, opositores, y contra todos aquellos que mantienen autonomía respecto al poder, no se ve limitada por tribunales ni leyes. Las voces influyentes son perseguidas y/o silenciadas. El cambio en las reglas de juego es el siguiente paso. Una nueva constitución puede ayudar a generar un sistema político que impida la alternabilidad. Acá el sistema muta, y el autoritarismo empieza a consolidarse.

La defensa de las instituciones informales

Levitsky y Ziblatta hacen énfasis en la necesidad de preservar las instituciones, tanto formales como informales, que permiten la existencia de la democracia. Muchas de estas reglas limitan el poder de las mayorías, o incluso de las primeras minorías.

Dos grandes reglas se destacan en la historia de Estados Unidos, pero son extrapolables a otros sistemas democráticos consolidados: la tolerancia mutua entre los actores políticos y la contención institucional en el uso del poder.

Ambas prácticas derivan de la construcción de pactos y acuerdos, explícitos o implícitos, de convivencia entre las elites políticas. Este clima de acuerdos nace de la convicción de que cada conflicto es un episodio más de una larga coexistencia, y de que los actores tienen más interés en preservar puentes para negociaciones futuras que en construir muros que dificulten resolver disputas posteriores.

La tolerancia mutua es un proceso de tensión estructural del sistema político. Dada la continuidad de las elites, su consolidación implica que las relaciones entre los dirigentes van más allá de las diferencias ideológicas, construyéndose vasos comunicantes informales, familiares, de convivencia. Esa mutua aceptación de la humanidad del otro, al que se considera un prójimo, lleva de la tolerancia a la contención.

El uso contenido de los instrumentos de la política me hizo recordar los valores republicanos comunes que nutren la historia política de Estados Unidos. No me refiero al Partido Republicano, sino al proyecto republicano original, el de 1776. En el republicanismo hay un culto a la austeridad y a la contención en la política, a la mesura y al temple. La desmesura, los excesos, el abuso, son fuertemente criticados dentro de los principios republicanos.

Hay una crítica muy fuerte en la obra contra la pérdida del centro político, lo que se ve con mucha claridad en el Partido Republicano, secuestrado por grupos radicales. Las tácticas políticas más duras, sin contención, fueron usadas por los republicanos contra Bill Clinton y Barack Obama. Fueron Newt Gingrich y el Tea Party quienes prepararon el terreno a una nueva polarización y radicalización de la política norteamericana.

¿Cómo dar la pelea contra los autócratas?

Para Levitsky y Ziblatt es un imperativo pelear dentro de la ley y de las instituciones democráticas, a las que consideran no solo fuertes en EEUU, sino que son unificadoras transversales de la sociedad. Igualmente hacen énfasis en la exigencia de restaurar la confianza entre los adversarios políticos, lo que implica construir coaliciones amplias que superen la polarización inducida y que vayan más allá de los aliados naturales.

“…la defensa que hacen los autores de la creación de programas sociales universales porque no solo contribuyen a reducir la pobreza y las desigualdades, sino que tienen un efecto moderador en el sistema político, reducen el resentimiento…”

En la obra se le otorga importancia a la creciente desigualdad social, económica y racial en el crecimiento de la polarización y en la crisis de las instituciones democráticas estadounidenses. Es particularmente interesante, como socialdemócrata especialmente, la defensa que hacen los autores de la creación de programas sociales universales porque no solo contribuyen a reducir la pobreza y las desigualdades, sino que tienen un efecto moderador en el sistema político, reducen el resentimiento, tienden puentes entre sectores distintos y afianzan el respaldo social a políticas más duraderas.

¿Qué extrañé?

Esperaba otras cosas de la obra, lo que es una injusticia, y una responsabilidad absolutamente mía. Primero, esperaba una reflexión más universal, pero es un libro dedicado al público estadounidense, con un mensaje político para responder a la amenaza que parece representar Donald Trump. Sus referencias a la historia de otras democracias, de su caída y su preservación, tienen un objetivo didáctico.

Segundo, esperaba un enfoque más sociológico en los autores, lo que quizás sea una derivación de mis últimas lecturas y acercamientos. La obra se centra demasiado en el “líder autoritario” y en las “elites políticas”, convirtiendo la reflexión en una aventura palaciega, en un manual para una política con rasgos aún muy cortesanos. Se pasa por encima de un factor clave. En Estados Unidos hay un afán de cambio y hay una desafección respecto a la acción de las elites constituidas. Hay una crisis de representatividad vinculada al aumento de las desigualdades y a la percepción de una pérdida de poder en el ciudadano. En 2008 votaron por Obama también como un rechazo a la elite de Washington. Las protestas juveniles en varias ciudades reflejan una potencial ruptura. La elección de Trump cabalgó sobre una desafección real hacia el sistema. Acá hay un filón no tratado en el libro. ¿Por qué los ciudadanos votaron por Trump? Y eso aplica para muchos casos similares.

Tercero, es un libro dedicado específicamente a dotar de herramientas de defensa a las democracias consolidadas frente a la amenaza de un líder autoritario. Pero puede percibirse como una obra conservadora de un determinado status quo, de un dominio de unas elites determinadas sobre un régimen político y sobre una sociedad. Cuando una parte de la sociedad decide impulsar un cambio, incluso para democratizar el régimen, o para sustituir una elite política por otra, o unas reglas de juego por otras, la democracia debe viabilizar el cambio dentro de sus reglas de juego. No solo está la democracia establecida para asegurar estabilidad institucional, sino para darle cauce a las exigencias de cambio de las sociedades.

Varios ejemplos lo dan los mismos autores al momento de reflexionar sobre la construcción de los acuerdos políticos en la historia de los doscientos años de democracia en Estados Unidos. Los acuerdos que hicieron posible la estabilización del sistema político de los Estados Unidos luego de la Guerra Civil se montaron sobre la segregación de la población negra en el sur, de su exclusión política. Fue justamente la ruptura de estos pactos lo que permitió la activación de la agenda de los derechos civiles en las décadas de los 50 y 60 del siglo XX.

“Un sistema que se encuentre diseñado para bloquear las posibilidades de cambio sociopolítico, para impedir el ascenso de nuevos liderazgos,  se convertirá en una fortaleza impenetrable para quienes se encuentran fuera de ella”.

Esto es significativo para los que defendemos los valores de la democracia. Un sistema que se encuentre diseñado para bloquear las posibilidades de cambio sociopolítico, para impedir el ascenso de nuevos liderazgos, la alternabilidad de elites, o el desplazamiento de un sector dominante del poder, o la ampliación de la ciudadanía, se convertirá en una fortaleza impenetrable para quienes se encuentran fuera de ella. Y eso solo incrementará la crisis de representación.

¿Cómo darle un cauce a los cambios dentro de la democracia? Es necesario dar herramientas para el cambio vinculado a la acción política, a la acción colectiva, dentro de la democracia, a través de prácticas democráticas, lo que puede contribuir a fortalecer el poder ciudadano, el poder del “hombre común”, que es clave para que una democracia pueda llamarse tal. En este sentido, la reflexión podría ir más hacia el cambio que hacia la estabilidad. ¿Cómo las democracias mutan? Pero esa pregunta ameritaría otro buen libro.