Podemos argumentar a favor de la idea de democracia desde muy diversos puntos de vista. Pero ¿qué es lo que atrae de la democracia a las personas que dicen creer en este sistema político? ¿Cuál es, en última instancia, el argumento definitivo que nos convence, que nos anima a defender la democracia con pasión? Vale la pena que cada quien, experto o no en el tema, haga explícito su punto de vista, de manera tal que pueda ser compartido, que sea conversable con otros ciudadanos.

Aquí expongo la razón para mi definitiva, fundamental, la que me motiva a contribuir a hacer realidad la democracia. Que cada quien hurgue en su mundo de creencias sobre cómo es la naturaleza humana y cómo debe ser el mundo, para así estar plenamente conscientes de las razones individuales más básicas de por qué, en definitiva, partimos lanzas por la noción de democracia. Se trata de identificar convicciones muy personales, mucho más allá de la teorías que por tanto tiempo nos han rodeado.

En mí es central la convicción -o creencia, si se quiere- de que todas y cada una de las personas compartimos un rasgo fundamental: la fragilidad del conocimiento humano, por lo que inevitablemente existe una amplia diversidad de pareceres acerca de lo que es la realidad y lo que debe hacerse para mejorarla. Ante este hecho, la democracia promete acordar una manera de organizar una sociedad para llegar acuerdos que la hagan gobernable. Esa manera de organizarse para acordar objetivos y cursos de acción es perfectible. Sin duda, también sobre este asunto tan importante puede existir y existe diversidad de pareceres.

Creencias personales

Si creemos que somos iguales, nadie es mejor que yo, y yo tampoco soy mejor que los demás, para saber lo que nos conviene a todos y cómo lograrlo. De la misma manera, nadie sabe mejor que yo lo que yo quiero, y yo no sé mejor que nadie lo que quieren los demás. Más aún, todos -los demás y yo- podemos disentir o estar equivocados en asuntos críticos acerca de lo que es la realidad, lo que más nos conviene, y cómo transformarla, en asuntos críticos que nos afectan a todos.

Vivimos en comunidad y con frecuencia diferimos sobre los objetivos que, como colectivo, debemos alcanzar y en cómo lograrlos. Razonamos nuestras maneras de ver las cosas, argumentamos, discutimos, pero debemos reconocer que, dada nuestra naturaleza, fácilmente las razones se entretejen con emociones, pasiones e intereses, de tal manera que en la práctica estos elementos son indiscernibles. Es inmensa nuestra capacidad para racionalizar, es decir para inventar un andamiaje de razones justificadoras de intereses y pasiones… justificadoras ante otros y ante nosotros mismos. Y de las racionalizaciones no nos salvan ni la inteligencia ni la educación.

Ante tal fragilidad de nosotros como personas, el actuar de un colectivo humano se torna particularmente difícil ese actuar puede ser conflictivo, tormentoso, y por tanto paralizante cuando debemos establecer objetivos y cómo lograrlos. Se hace evidente, entonces, que algo hay que hacer, dado que el disenso dejado a sus anchas puede ser destructivo.

¿Qué hacer?

Lo sabemos, pero es bueno recordarlo. Hay dos maneras que desde hace largo tiempo se han utilizado aunque las expresiones concretas de ambas hayan variado:
-La hegemonía de algunos que se imponen sobre otros, por el uso directo de la fuerza o mediante sutiles artilugios de muy variada naturaleza;
-Una democracia que construye acuerdos, con base en normas aceptadas por todos, en los cuales todos puedan participar.
En la práctica, en determinadas circunstancias, no siempre es fácil diferenciar ambos tipos de arreglos para lidiar con el disenso sobre objetivos y medios. Pero quienes valoramos la democracia creemos que hay que realizar un esfuerzo permanente para progresivamente mejorarla.

La promesa esencial de la democracia

“La democracia no promete alcanzar la verdad, lo más conveniente o lo más justo, promete una búsqueda constantes; promete, la revisión de las normas compartidas por todos para hacer cada vez más eficaz esa búsqueda.”

Lo que la democracia promete es llegar a acuerdos sin destruirnos, en los cuales todos puedan participar, con base en normas compartidas ampliamente. Pero, es bueno aclarar, nada más que eso promete. La democracia no promete alcanzar la verdad, lo más conveniente o lo más justo. Promete una búsqueda constante, sin fin. Promete, incluso, la revisión de las normas compartidas por todos -por ejemplo, legislación, acuerdos políticos- para hacer cada vez más eficaz esa búsqueda. Parte del supuesto de que toda afirmación sobre la realidad, sobre lo que es más conveniente para una sociedad o sobre la manera de actuar para hacer realidad lo deseable es tentativa. Que no es más que una proposición sujeta a indagación y cuestionamientos o refutaciones, por muy válida y sólida que parezca. Utilizando los términos de Karl Popper (1983), podríamos decir que se trata de un proceso continuo de conjeturas y refutaciones.

La humildad, virtud fundamental de los ciudadanos democráticos

Un ciudadano democrático se toma con absoluta seriedad lo de la fragilidad humana para conocer y establecer lo que más conveniente para todos, y la manera más eficaz para alcanzarlo, lo que exige propiciar que emerjan puntos de vista diferentes y respetarlos aunque sean minoritarios. No se trata de “ser tolerantes con lo demás”, como expresión de un valor moral de indudable mérito, sino más bien a la disposición a aceptar la discrepancia porque el parecer discrepante conviene a todos, dado que puede contener elementos que contribuyen a conocer mejor lo real y la manera de mejorar eficazmente la sociedad de la cual somos parte. La humildad nos conviene a todos. Y nos conviene porque propicia el pluralismo o la proliferación de propuestas, la disposición a aceptar el punto de vista divergente, minoritario, cosa fundamental en todo proceso de búsqueda, incluida la indagación científica, como enfatizó Paul Feyerabend (1993) filósofo de la ciencia que planteo la necesidad de separar ciencia y Estado, asunto para él tan importante como la separación entre Iglesia y Estado (1978).

Creencias fatales que atentan contra la democracia

Dos supuestos acechan la práctica de la democracia y la organización de las sociedades humanas para hacerla realidad:
– Que una persona o grupo sabe lo que le conviene a los demás (“nosotros pensamos por usted”);
– Que se necesita y se debe formar un “hombre nuevo”, particularmente virtuoso en su comprensión de lo que debe ser una nueva sociedad o un nuevo sistema político, que, al predominar, asegurará el bienestar de todos y garantizará la existencia de una “auténtica democracia”.

En el análisis final lo que pretenden ambas creencias, con frecuencia inseparables, es soslayar la proliferación de ideas y la confrontación entre ellas, elementos críticos en una democracia. Son creencias tentadoras porque responden a un desmedido anhelo de eficiencia en la construcción de un mejor futuro para todos, lo antes posible. La controversia y la competencia entre posiciones diferentes exige esfuerzo y tiempo, y muchos no están dispuestos a esperar. Aunque hay ideologías que, como el comunismo, explícitamente predican la necesidad de un hombre nuevo, en la práctica cualquier posición en el espectro ideológico puede ser víctima de esta noción aunque diga defender la libertad individual.

La democracia debe ser perfectible

“La democracia no es viable a largo plazo sin la posibilidad de cambios en las prácticas institucionales que la conforman, tanto formales como informales”

Porque la democracia parte de la base de que pueden existir pareceres diferentes sobre cualquier asunto de interés colectivo que compiten entre sí, acepta incluso que la mejor manera de organizar una sociedad para la práctica de la democracia, también puede ser asunto de discusión y objeto de revisión. Como lo muestra la historia, esos pareceres evolucionan a partir de la experiencia siempre sometida al escrutinio de muchos. Cualquier aspecto es considerado mejorable.
La democracia no es viable a largo plazo sin la posibilidad de cambios en las prácticas institucionales que la conforman, tanto formales (en la legislación política-administrativa, en las organizaciones públicas y privadas) como informales (en las tradiciones, usos y costumbres), dados los cambios demográficos, políticos, sociales, culturales o tecnológicos, como son el crecimiento de la población, el ascenso de las minorías, la expansión de la educación, el surgimiento de las redes sociales.

La experiencia enseña que la perfectibilidad de la democracia requiere, entre otras cosas:
-que exista separación de poderes es (quien gobierna no es juez y es enjuiciable);
-que haya respeto efectivo de las minorías;
-que se facilite la participación de la gente mediante la descentralización;
-que la sociedad esté abierta a la experimentación.

Si bien esos cuatro aspectos parecen fundamentales, no basta con señalarlos o con darles expresión formal. Lo fundamental es institucionalizarlos para que sean parte constitutiva de nación, de lo que importa a la gente, y por tanto perdurables. He aquí un inmenso reto en la transformación política de una sociedad.

Referencias:

Feyerabend, Paul (1978). La ciencia en una sociedad libre. México: Siglo Veintiuno Editores.
———————- (1993). Contra el método. Barcelona: Planeta De-Agostini
Popper, Karl (1983): Conjeturas y refutaciones. Barcelona: Ediciones Paidós.