Comencemos por referir algunos datos sobre el profesor Richard Pipes (1923-2018), fallecido en mayo a los 94 años. Nació en Polonia en el nido de una familia judía que logró emigrar en 1939, y para 1950 ya se había doctorado en Historia en Harvard, y allí enseñó durante toda su vida académica. Publicó cerca de 25 libros y es considerado una autoridad mundial acerca de la URSS y el comunismo. De hecho, su Historia del comunismo(2002) es uno de sus libros más celebrados, así como la monumental La revolución rusa (1990), un tratado de mil páginas difícilmente superable. Pero no será de estos textos de los que nos ocuparemos en estas líneas sino de otro, también francamente excepcional: Propiedad y libertad. Dos conceptos inseparables a lo largo de la historia.Es un libro de su madurez, publicado en 1999, cuando Pipes sumaba 76 años y estaba en la cúspide de su trabajo intelectual. Fue traducido al español y publicado en 2002 por Turner y el Fondo de Cultura Económica. Con esta edición trabajaremos.

La propiedad

El historiador Pipes abre fuegos desde el comienzo, colocando el punto sobre las íes, afirma: “A través de la historia del pensamiento, la propiedad ha disfrutado de una reputación ambivalente, y ha sido identificada en ocasiones con la prosperidad y la libertad, y otras veces con la corrupción moral, la injusticia social y la guerra.” (Pipes, 2002: 23). Ciertamente, y más adelante va a precisar de dónde proviene la línea argumental que sataniza a la propiedad y la ubica en el centro del laberinto, cosa que ya había hecho Popper. Afirma Pipes: “Las fantasías utópicas, como regla general, sitúan en el centro de su análisis la abolición de la distinción entre “mío” y “tuyo”. Incluso muchos pensadores que defienden la existencia de la propiedad la ven, en el mejor de los casos, como un mal inevitable. Por otro lado, la historia de todas las sociedades, desde la más primitiva a la más avanzada, revela la universalidad de los derechos de propiedad y el fracaso de todos los intentos de establecer una comunidad sin propiedad, ya sea voluntariamente o por la fuerza.” (Pipes, 2002:23). Aquí vemos como, una vez más, la realidad no concuerda con el mito, y por ello se dirige de inmediato a trabajar la historicidad de un mito asombroso, increíblemente presente, que lejos de sumar, resta: el Mito de la Edad de Oro.

“No se distinguía entre los “mío” y lo “tuyo”. Este mito lo vamos a hallar tanto en el judaísmo como en el cristianismo y el islamismo, y en todos los casos se añora una suerte de infancia de la humanidad cuando vivíamos libres de pecado y no conocíamos la propiedad”.

La más remota alusión al mito la encuentra en Hesíodo, en su obraLos Trabajos y los días, donde además menciona cuatro edades de la humanidad: la de oro, plata, bronce y hierro. En todo caso, lo que nos importa es que el Mito de la Edad de Oro proclama que hubo un momento genésico de la humanidad donde reinaba la paz y, uno de los motivos centrales para que ello ocurriera radicaba en que no había propiedad. No se distinguía entre los “mío” y lo “tuyo”. Este mito lo vamos a hallar tanto en el judaísmo como en el cristianismo y el islamismo (y probablemente en otras culturas que no tengo en el mapa en este momento), y en todos los casos se añora una suerte de infancia de la humanidad cuando vivíamos libres de pecado (El Paraíso) y no conocíamos la propiedad. Naturalmente, esto jamás ocurrió, es un mito, es una creación de la imaginación del hombre, pero que inspiró libros centrales para la humanidad, como es el caso de Repúblicade Platón, la piedra angular del pensamiento utópico y, como bien lo ha demostrado Popper, la carta de navegación de los historicismos perniciosos tanto de derecha como de izquierda. Aristóteles, como sabemos, pensaba distinto.

El Mito de la Edad de Oro caló en Roma y Virgilio, entre otros, cantó sus bondades, y algo similar hizo Ovidio. No obstante, fue también en Roma donde se estableció el concepto de propiedad privada en términos absolutos. Ellos la llamaban Dominiumy lo precisaron mucho mejor que los griegos. Luego, ya en la Edad Media, dominada por el cristianismo, éste aceptaba la propiedad, pero le añadía el complemento de la caridad, deber insoslayable de los fieles. En la tradición judía la riqueza es avalada, en contraste con la Biblia donde se ensalza la pobreza, no la riqueza. Tampoco reniega de la riqueza el protestantismo. Por lo contrario, la considera un bien fruto del trabajo. En el catolicismo el concepto de propiedad lo trabajará Santo Tomás de Aquino con su trasfondo aristotélico, no platónico.

“No se hallaron comunidades vírgenes en las que reinara la paz y la inocencia. Jamás han existido, salvo en nuestros deseos y nuestra imaginación.”

Durante la Edad Media el Mito de la Edad de Oro experimentó un repunte importante con los viajes y el descubrimiento del Nuevo Mundo, que fue una nueva oportunidad para el pensamiento utopista. El “Buen Salvaje” vino a complacer la mitología de aquella época, por más que los pobladores del Nuevo Mundo no encajaban en el mito, y muy pronto la mitología cambió el océano Atlántico por el Pacífico, siempre creyendo hallar la confirmación de lo que tenían en la cabeza y que querían ver en la realidad: todo un espejismo. No se hallaron comunidades vírgenes en las que reinara la paz y la inocencia. Jamás han existido, salvo en nuestros deseos y nuestra imaginación.

Con la Edad Moderna la propiedad comenzó a repotenciarse, ya que el comercio tendía a fortalecerla, así como el auge del Individualismo. Hallará en la Inglaterra del siglo XVII un respaldo notable, así como recibirá en la Francia del siglo XVIII un enfrentamiento también significativo. Y ya en el siglo siguiente, el Socialismo, el Comunismo y el Anarquismo levaron anclas con los autores conocidos. Concluye Pipes con una reflexión sobre el siglo XX que reproducimos: “A medida que finaliza el siglo XX, los beneficios que la propiedad privada proporciona, tanto a la libertad como a la prosperidad, se reconocen como nunca antes en dos siglos. Con excepción de algunos casos aislados de pobreza permanente, como son los casos de Corea del Norte y de Cuba, en donde los comunistas han podido mantenerse en el poder, y con excepción de las opiniones de algunos profesores, que cada día son menos, el ideal de la propiedad común, en todas partes, se va desvaneciendo. A partir de los años ochenta, la “privatización” va ocupando un espacio en el mundo, a un paso cada vez más acelerado. Así, Aristóteles triunfó sobre Platón.” (Pipes, 2002:94). Añadimos que la nueva Constitución de Cuba, en vigencia a partir de 2019, contempla la existencia de la propiedad privada. Es un primer paso para la libertad, faltan otros, pero creemos que terminarán dándose. Veamos ahora el devenir del concepto de libertad, según Pipes.

La libertad

Nuestro autor afirma que la cuna de la democracia parlamentaria es Inglaterra y por ello rastrea su prehistoria y halla a los reyes anglosajones con un proto-parlamento y luego a los normandos en el camino, dando otro paso adelante. Advierte en los primeros la unidad política del clan, pero también señala cómo al abrazar a la agricultura como forma de vida, la territorialidad comenzó a imponer sus condiciones, a la par que fallecía el nomadismo y comenzaba a perder fuerza el clan como unidad política. En todos los casos puede afirmarse que la piedra en el zapato que fastidiaba a los reyes era la falta de dinero, de allí que lo solicitaban a su súbditos, y estos reclamaban lo suyo: libertades, reformas, compartir el poder. El paso del clan a la territorialidad que trajo la agricultura está ocurriendo en Inglaterra en el siglo IX, de modo que esta historia del parlamentarismo inglés es dilatada y prolija y, según Pipes, el punto crítico tuvo lugar en el siglo XIII, cuando el rey invitó a los burgueses al Consejo Feudal,  de modo que a los señores de la tierra se sumaron otros, que no habían sido convocados antes.

Toda esta historia anterior lejos de amainar en su trama fue profundizándose con el paso de los siglos, y ya en el XVIII Montesquieu afirmaba que “los ingleses eran el pueblo más libre del mundo porque limitaban el poder del rey mediante leyes” (Pipes, 2002: 165)  y Voltaire sostenía que “el único pueblo en la Tierra que ha sido capaz de prescribir límites al poder de los reyes al oponerse a ellos; y el único que, a partir de unas cuantas batallas, ha podido finalmente establecer un gobierno sabio, en el que el Príncipe tiene todo el poder para hacer el bien y, al mismo tiempo, se le impide hacer el mal” (Pipes, 2002: 165). Siempre, insistimos, en el corazón de todo esto estuvo el dinero que el rey necesitaba. Y lo mismo va a ocurrir en el resto de la Europa feudal, de modo que puede decirse, en cierto sentido, que el parlamento es una consecuencia del feudalismo. De hecho, en España, en los reinos de León y Castilla, había instituciones representativas (las cortes) en el siglo XII, que luego se extendieron por la España cristiana y fue entonces cuando, con el matrimonio de Fernando e Isabel, se sentaron las bases para la constitución del Estado nacional español, a finales del siglo XV.

“En Rusia la esfera privada procedió de la pública. En ese país la propiedad privada no dio origen al Estado, ni se desarrolló a la vez del Estado sino que emanó de éste. Fue el producto de su benevolencia.” (Pipes, 2002:227).

En contraste, Pipes estudia el devenir del poder en Rusia, y afirma: “Durante dos siglos y medio (c.1600 hasta 1861) la inmensa mayoría de los rusos vivió como siervos del Estado o de los terratenientes, atados al suelo y sin recursos legales para protegerse de sus amos y de los funcionarios del gobierno.” (Pipes, 2002: 213). El investigador halla en la historia rusa un ejemplo perfecto de cómo la propiedad contribuye decisivamente con el desarrollo de los derechos civiles y políticos, y su ausencia consolida en el poder a gobiernos con tendencias despóticas y arbitrarias. También apunta una diferencia notable entre lo ocurrido en Inglaterra y lo acontecido en Rusia, apunta: “En Rusia la esfera privada procedió de la pública. En ese país la propiedad privada no dio origen al Estado, ni se desarrolló a la vez del Estado sino que emanó de éste. Fue el producto de su benevolencia.” (Pipes, 2002:227). Enorme diferencia, como se puede advertir. Hay un abismo entre una nación en la que la propiedad privada va tejiendo la necesidad de un Estado, y otra en la que el Estado concede la propiedad privada a sus súbditos.

Luego, matiza sus comentarios y apunta que la propiedad privada es una condición necesaria para el ejercicio de la libertad, pero no es suficiente. Recuerda la historia zarista del siglo XIX y principios del XX cuando los zares respetaban la propiedad privada pero violaban los derechos civiles y políticos de sus súbditos. Algo similar puede decirse en el siglo XX de varios Estados y coyunturas: la dictadura de Pinochet, la China actual, para consignar solo dos ejemplos. Al final de su estudio, nuestro autor arriesga unas predicciones. Recordemos que fue publicado en 1999.

Predicciones

 Este espacio al que Pipes denomina “Predicciones” también lo es de conclusiones, de informe de lo hecho. En tal sentido, afirma: “La igualdad de oportunidades y la igualdad ante la ley no solo son compatibles con la libertad sino inherentes a ella. No es así con relación a la igualdad de resultados. Ya que este tipo de igualdad no existe en el reino animal ni tampoco entre los pueblos primitivos, debe considerársela antinatural, alcanzable solo mediante la coerción, razón por la cual todos los sistemas utópicos presuponen un poder despótico y todos los déspotas insisten en la igualdad de sus súbditos.” (Pipes, 2002: 360).

“Todo el concepto de bienestar social, tal como ha evolucionado en la segunda mitad del siglo XX, es incompatible con la libertad individual, porque permite que diversos grupos con necesidades comunes se alíen y reclamen sus derechos a satisfacer estas carencias a expensas de la sociedad en su conjunto incrementando, en el proceso, el poder del Estado que actúa en nombre de ellos.”

Añade que la búsqueda de la igualdad por la vía del bienestar social administrado y arbitrado por los Estados modernos es una amenaza para la libertad. Este fenómeno lo advierte hacia finales del siglo XX y lo analiza apoyado en Ayn Rand y Friedrich Hayek. En pocas palabras: para que el Estado pueda sostener a quienes no trabajan (y a los jubilados) es necesario reducir los derechos de quienes sí lo hacen. Tema espinoso que aborda sin fundamentalismos libertarios, pero señalando que está allí, y que cada vez será un problema mayor. Afirma: “Todo el concepto de bienestar social, tal como ha evolucionado en la segunda mitad del siglo XX, es incompatible con la libertad individual, porque permite que diversos grupos con necesidades comunes se alíen y reclamen sus derechos a satisfacer estas carencias a expensas de la sociedad en su conjunto incrementando, en el proceso, el poder del Estado que actúa en nombre de ellos.” (Pipes, 2002: 361). No obstante lo anterior, matiza el papel del Estado, alejándose de extremos, señalando: “El ideal libertario de una sociedad en la que el gobierno no dirige nada es tan poco realista como el ideal utópico de una sociedad en la que el gobierno se encargue de todo…la idea de un Estado pasivo es tan mítica como la del comunismo primitivo.” (Pipes, 2002: 362).

Este estudio de Richard Pipes alberga varios atributos. Es una investigación histórica muy bien documentada y contrastada, ya que se ciñe a Inglaterra y Rusia para ventilar los conceptos de propiedad y libertad en ambas naciones, donde se formaron de manera muy distinta. También, es un ensayo argumentado; no es una investigación histórica aséptica. Por lo contrario, habla desde el liberalismo, pero Pipes no es un libertario fundamentalista; razona, juzga, valora, concede y arriesga. Un libro extraordinario.

Para concluir, cito un párrafo de su Historia del comunismoque resume perfectamente el que hemos glosado. Afirma: “Es la ausencia de instituciones que favorecen la riqueza, especialmente los derechos de propiedad y el imperio de la ley, la que mantiene pobres a los países y, al mismo tiempo, los hace vulnerables a las dictaduras, sean de izquierdas o de derechas.” (Pipes, 2002: 150). Así es, profesor Pipes.

 

Bibliografía

PIPES, Richard (2002). Propiedad y Libertad. Dos conceptos inseparables a lo largo de la historia. Editorial Turner y Fondo de Cultura Económica, España.

———–(2002) Historia del comunismo. Mondadori, España.